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Tu Mitología

Asgard

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Los dioses crearon una espléndida ciudad para ellos mismos y la llamaron Asgard. Estaba unida a la tierra por un puente de fuego llamado Bifrost, el arco iris. Los dioses esperaban que los gigantes no pudieran cruzar este puente y atacarlos. Los humanos vivos tampoco podían pasar por ahí. Sin embargo, los guerreros que morían valientemente en una batalla eran llevados por las Valquirias, las bellas y salvajes hijas de Odín, a Asgard.

La mitad de ellos se dirigían al castillo de Odín llamado Valhalla, donde pasaban sus días luchando entre ellos (no en hostilidad, sino para la práctica y disfrute de la batalla). La otra mitad iba a Fólkvangr, el gran salón de la esposa de Odín, Frigg. Frigg era la más sabia de las diosas. Ella velaba y tenía el poder de alterar el tejido mágico que determinaba el destino de los mortales. A veces, a diferencia de su marido, recibía en su salón tanto a las mujeres como a los hombres valientes.

La estructura de Asgard

Todos los edificios de Asgard estaban hechos de oro. El esplendor estaba por todas partes. La vida era infinita y la fuerza inquebrantable, gracias al manzano de la diosa Idun, cuyo fruto hacía inmortal al que lo comía. Sin embargo, había algo más extraordinario que el esplendor y la inmortalidad: la paz. Esto se encontraba en Breiddablik, un lugar de la paz, el palacio de Balder. Balder era tan bello que arrojaba luz por donde caminaba y sus decisiones eran tan sabias y justas que los otros belicosos dioses no les encontraban defectos.

En medio de toda esta belleza, Odín se sentía preocupado. Recordaba la ira de los gigantes y temía que destruyeran todo lo que él y sus hermanos y hermanas habían creado. Los guerreros del Valhalla luchaban diariamente para ser una fuerza formidable cuando llegara el día del juicio final, pero no confiaba en que ese ejército le salvara de las fuerzas que los gigantes podían reunir. A menudo iba a su otro castillo de Valaskjálf, cuya torre más alta era tan alta que podía divisar desde ella cualquier lugar de los mundos; allí se sentaba solo, mirando, reflexionando y preocupándose.

Guerra entre los Æsir y los Vanir

La primera amenaza para Asgard no sería de los gigantes, sino la otra raza de dioses, los Vanir. Nadie recuerda ahora de dónde vinieron los Vanir; tal vez descendieron de Buri o de los otros hijos de Bor. La batalla comienza, los Aesir (habitantes de Asgard) y los Vanir vieron el poder de sus enemigos desde lejos, se sintieron amenazados y se atacaron mutuamente. La lucha fue larga e igualada; los Vanir consiguieron derribar los muros de Asgard, pero no pudieron expulsar a los Aesir. Finalmente, cansados de la guerra e impresionados por el valor y la fuerza de los del bando contrario, decidieron hacer un tratado de paz.

Los Vanir se retiraron a sus propias tierras. Dos de los Aesir se fueron con ellos como rehenes, Mímir y Hoenir. Tres de los Vanir permanecieron como rehenes en Asgard: Njörd, dios del mar y de los marineros, y sus hijo Freyr y Freyja. Freyja era una mujer sabia, tenía la habilidad de ver el futuro y tenía una capa de plumas de halcón que le permitía tomar la forma de un pájaro y volar. Era increíblemente hermosa, cualquier mortal o inmortal podía quedarse anonadado entre tanta belleza.

Un constructor desconocido

Los Aesir estaban muy contentos con sus rehenes, pero necesitaban volver a construir sus muros. Un desconocido llegó a las puertas de Asgard y ofreció construir un muro defensivo mejor para que resistiera cualquier asalto. Prometió terminar el trabajo en un año y medio. La oferta le pareció buena a Odín, hasta que escuchó el precio. El constructor exigió que el precio por su trabajo era quedarse el sol, la luna y obtener matrimonio con Freyja. El resto de dioses y diosas no querían ver su ciudad despojada de luz y belleza. Pero Odín tenía miedo de que otro ataque podría destruir Asgard para siempre.

Después de una larga discusión, los dioses decidieron aceptar la oferta del constructor y su precio, con una condición: que el constructor trabajara solo, que el muro se terminara en un invierno y que tendría que aceptar perderlo todo si el trabajo no se terminara en ese tiempo. Los dioses pensaron, que el constructor no podía trabajar tan rápido y que, por orgullo, exageró sus propias capacidades y de esa forma les daría la mayor parte de los muros gratuitamente. Los dioses se alegraron cuando el constructor aceptó la oferta e incluso accedieron a su condición de que se le permitiera a su caballo semental Svadilfari ayudarle a transportar las piedras para el muro.

Hicieron todos los juramentos que él les pidió y se comprometieron a otorgarle lo prometido si lo lograba y no dejar que ningún dios le hiciera daño mientras estuviera trabajando en el muro. Esta última promesa fue a petición por Thor, el hijo de Odín, el más fuerte y el más temperamental de los dioses. Nadie ni nada podía hacer frente a los terribles golpes de Mjöllnir, el martillo de Thor.

El sospechoso Loki

¡Menudo caballo era Svadilfari! ¡Su velocidad, su fuerza, las piedras que podía mover! Trabajó incansablemente, día y noche y tres días antes de que terminara el invierno la construcción estaba casi terminada, tan solo faltaba la entrada. El muro era tan alto y fuerte que los dioses no podían fingir estar descontentos y el trabajo avanzaba tan rápido que los dioses no dudaron de que el muro estaría terminado a tiempo. Se reunieron para debatir la única cuestión que quedaba: ¿quién de ellos tuvo la terrible idea de aceptar la oferta del constructor? Decidieron culpar al sospechoso de siempre, Loki.

Ahora bien, Loki, el hijo de un gigante, era quizás el más inteligente de los dioses, aunque ciertamente no el más sabio; estaba lleno de ideas ingeniosas, pero rara vez pensaba en sus consecuencias a largo plazo. No negó que había sugerido algo que le pareció brillante a todos los demás en aquel momento. Cuando lo capturaron y amenazaron con torturarle y matarle si su sugerencia les llevaba a perder a Freyja y la luz, se aterrorizó y les juró que se aseguraría de que el constructor no terminaría el trabajo. Le dejaron ir y confiaron en su promesa de retenerlo, a sabiendas de que sin su ayuda no verían la forma de salir de este mal negocio.

Aquella noche el constructor fue al bosque con su caballo semental para transportar la piedra. Se regocijó en su corazón, al pensar en Freyja y también en la rabia y la humillación de los dioses. De esta manera, no se dio cuenta de que una yegua relinchaba en las profundidades del bosque. Tampoco percibió su olor en el viento. Pero Svadilfari sí lo hizo. Relinchó, sacudió la cabeza, arrancó la brinda de las manos de su amo y salió galopando hacia la oscuridad para perseguir a la yegua que huía delante de él veloz y en silencio, como una sombra.

Un gigante de hielo

El constructor corrió detrás de él, gritando y maldiciendo, pero los caballos ya estaban muy lejos. El constructor, a pesar de toda su fuerza y habilidad, no podía transportar la piedra por sí mismo. El último día del invierno, los dioses le anunciaron que su trabajo estaba inacabado y que tendría que irse sin cobrar. Su furia fue tan intensa que destrozó su ropa y se presentó ante ellos en su propia forma: un gigante de hielo, deseoso de dañar a los dioses que habían destruido a Ymir. Thor, al ver eso, sacó su martillo de trueno y le dio un golpe que lo destrozó en un instante.

Así que se construyó el muro y los dioses se quedaron con Freyja, el sol y la luna. Pero la historia de cómo los dioses habían engañado al gigante se extendió por todas partes y solo aumentó el odio de los otros gigantes de hielo y su determinación de vengarse. Mientras el resto de los dioses celebraban su victoria, Odín reflexionaba sobre cómo y cuándo vendría esa venganza. Y Loki, once meses después, volvió a tomar la forma de una yegua y dio a luz a un buen y fuerte potro, al hijo de Svadilfari. El potro era una verdadera maravilla, de ocho patas y extraordinariamente fuerte y rápido. Odín se lo quedó para montarlo durante sus viajes más largos.

Dioses nórdicos

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Referencias

  • VV.AA. (2000). Edda Mayor. Madrid: Alianza Editorial. ISBN 9788420644219.
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